Esclavos de su tiempo / Alex Cadena
Esclavos de su tiempo
de Alex Cadena
Colectivo Virgilio Caballero
Una voz
estentórea. Un hombre barbado de blanca túnica declama.
—¡Atenienses!
—el personaje mira de un lado a otro a su auditorio con mirada de sobrada autosuficiencia—
os vengo a hablar en este sagrado recinto de las virtudes de nuestra
democracia. ¡Por Zeus y Palas!, que he escuchado voces insensatas, unas veces por
allí en el mercado otras veces allá por el sagrado Hefestión, que no dudan en denostarla
sin menoscabo, negándose al aprecio de sus excelsas bondades.
El silencio
aploma sobre el ágora.
—¡Nuestra
democracia, no puede ser juzgada tan a la ligera! —el rostro del hombre refleja
de pronto gran contrariedad— No, no, no. Definitivamente, no.
Aspira aire
profundamente y exhala. Se dirige a alguien del auditorio
—Usted.
Y ella responde
—¿Yo?
—No —el serio
rostro del hombre le obsequia una breve sonrisa llena de condescendencia y
corrige— usted, buen hombre. ¿Está de acuerdo en que todos los haberes de nuestra
ilustre ciudad no pueden ser llevados en carga por una sola persona? —El
ciudadano, entrado en años, responde con una parca afirmación.
—Muy bien, ¿y
qué sería de nuestra hermosa Atenas si por mero divertimento de nuestros dioses
más inquietos estos empujaran a nuestros gobernantes hacia la tiranía. Qué sería... responda usted.
Señala a alguien
y ella comienza a responder. El orador sólo le permite mencionar unas cuantas
palabras, pero la interrumpe con gesto benevolente aclarándole que para ella no
es la pregunta sino para el varón de al lado el cual responde cualquier cosa.
En tono y gesto
reflexivo, el orador dice:
—Antes, queridos,
nuestros antepasados vivían y morían para unos cuantos. Los pocos gobernaban
para sí, y los muchos se sometían a su arbitrio. Así era en nuestra ciudad y
así sigue funcionando, lo digo no con poca conmiseración, el resto de las
ciudades del mundo. Pero, el ingenio de nuestra gente, recordemos al sabio Clístenes*,
previó que para ser una ciudad descollante necesitaríamos reglas de convivencia
más armónicas, esto es, si las leyes aplicaban por igual para todos los
atenienses.
El aplauso
aislado de un entusiasta se escucha por ahí.
—También, a
partir de esas medidas visionarias, Atenas puede recibir lo mejor de sus hijos sin
importar la harta fortuna o la humilde condición de estos. Cuántas ciudades
hermanas desaprovechan lo mejor de su gente por estas tontas restricciones
sociales. Merecen nuestra compasión: son esclavos de la tradición. Aquí lo
sabemos bien: son tus capacidades y no tus orígenes los que hacen que Atenas
brille más entre los pueblos cada día.
—Dígame, sabe
usted qué es un ciudadano— El señalado responde con una serie de palabras más o
menos inconexas.
—¡Claro! —le
corresponde el orador como si la respuesta hubiera sido la esperada y tan solo
la reafirmara—
el ciudadano es un hombre que se preocupa y ocupa de
los asuntos de su comunidad. Tiene derechos que ejerce y participa de la toma
de decisiones que competen a nuestra célebre ciudad. De otra manera estaríamos hablando
de idiotas... y en este espacio la presencia de ustedes me indica que no lo son**.
Y bien vale recordar a Pericles, nuestro prestigioso estratega, quien afirma: “somos los únicos que tenemos más por inútil
que por tranquila a la persona que no participa en las tareas de la comunidad ***.”
El fresco azul
del cielo se oscurece por la llegada de repentinos nubarrones. Habrá que
apresurar el discurso.
—¡Ciudadanos
atenienses! Ustedes son hombres de inmensa valía más que por el bronce de sus
armas por la vanguardia y locuacidad de sus ideas. ¡Ciudadanos atenienses!
Afortunados de ser hijos de esta ciudad bendecida en demasía por los dioses: la
magna Atenas, faro perenne de sabiduría. Paradigma de eras futuras y de geografías
aún más lejanas.
Los oyentes,
ensimismados y arrobados a la vez, siguen las palabras de aquel hombre.
—Os conmino,
ciudadanos, a no escuchar aquellas malsanas voces que piden darle a la mujer
lugar en estas asambleas, pues sólo para parir y brindarnos la belleza de sus
formas, para eso son. Mal haríamos en colocarlas bajo responsabilidades que
exigen verdadero carácter y no de veleidades y caprichos.
Una chica, la
misma que había sido interrumpida antes por el orador, se levanta molesta y se
retira ante la divertida mirada de algunos hombres y… mujeres.
—Os conmino a
no escuchar aquellas voces que piden darle voz al esclavo. Ha sido designio de
los dioses, y no nuestro, el sello de inferioridad de aquellos hombres. Que no
robe nuestra atención el papel del esclavo en los asuntos de nuestra ciudad. Es
perder el tiempo. El esclavo es tan solo preocupación exclusiva de su amo.
El gesto de
aprobación de la mayoría de los presentes, propietarios de tierras y de
hombres, es manifiesto.
—Os conmino a
no otorgarle derecho de ciudadanía al extranjero o a su descendencia. Quién
sabe cuándo asome la raza de su origen y nos sorprenda con la deslealtad y la
traición. No juguemos con el fuego que en un futuro insospechado convierta en carbón
el mármol de nuestros templos. Atenas para los atenienses y nadie más.
Varios de los
presentes ondearían con gusto las banderas de la patria, pero aún no se han
inventado.
—Sí estimados ciudadanos
de Atenas, el poder máximo es un privilegio, no cualquiera puede ostentarlo y menos
soportarlo. Por eso alzo la voz para su resguardo. La democracia, gobierno para
las mayorías, no podrá ser si no ejercen el poder los mejores hombres de esta
tierra. Atentos con aquellas voces nuevas que pondrán en peligro lo mucho que
se ha logrado si les hacemos caso.
La mirada parternal del orador se posa sobre sus oyentes..
—Eso es todo
estimados ciudadanos de Atenas. Que éste sea un sentido llamado para defender
nuestra democracia. —tras una breve pausa, se ajusta la túnica, toma aire
hondamente y grita— ¡Que vivan Zeus y los dioses del Olimpo!
—¡Que vivan!
—La multitud responde chillando con desbordante y creciente emoción.
—¡Viva
Pericles, sabio señor!
—¡Viva!
—¡Viva Atenas!
—¡Viva!
—¡Viva Atenas!
—¡Viva!
—Gracias.
El trueno y el
relámpago desbordan el agua celestial en múltiples y desbocadas gotitas sobre
la plaza principal de Atenas. Los ciudadanos, y el resto de la gente, se mueven
con prisa para resguardarse de la lluvia.

* Clístenes estableció las bases de la
democracia ateniense con la isonomía
( ἴσος, isos, igual y νόμος,
nomos, ley) es decir, la igualdad ante la ley sin importar linaje ni
condición económica.
** En la
antigua Grecia se le llamaba idiota (ἰδιώτης,
idiotes) a aquella persona que se
preocupaba sólo de lo suyo y desdeñaba participar en la vida pública.
*** El discurso fúnebre de Pericles (431 a.
e. c.) por Tucídides.
Porqué me parece a mi que la lectura se refiere a la "democracia " con la que siempre se gobernó México antes de AMLO.
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