Mundo alternativo / Alex Cadena
Mundo alternativo o El Reflejo
Por Alex Cadena
Colectivo Virgilio Caballero
Son unas bolitas de amaranto envueltas con una capa de miel rojiza. En el ritual éstas se ofrendarán a Huitzilopochtli tras sentidos rezos en el antiguo náhuatl de Meshico-Tenochtitlan.
Con el característico tocado emplumado sobre su cabeza el chamán toma y levanta los dulces rojos al mismo tiempo que pronuncia su plegaria hacia la alta efigie del supremo Colibrí Zurdo, el gran dios que bate sus alas al compás del palpitar acelerado del angustiado corazón que se sabe próximo a morir; afortunadamente los sacrificios humanos se han dejado de realizar desde hace 50 años y lo que hoy queda es el mero acto simbólico. El olor del copal y el ocote importados aromatizan el acto sacro. Tras el ofrecimiento el sacerdote huitzilopochca se dirige hacia los fieles para depositar en manos de cada uno de ellos, con ayuda de los acólitos, el dulce de amaranto que sin duda comerán con gran deleite, aunque antes del acto gastronómico deberán emitir un breve grito de guerra nahuatlaca de acuerdo al protocolo religioso.
El guardián de la fe huitzilopochca, de piel clara bronceada por el sol, cuenta con unos llamativos ojos verdes; también es completamente lampiño, pero no porque así lo sea, el ritual exige una piel limpia de vello corporal, además del rostro. El hombre de dios negado de su naturaleza hirsuta regresa al estrado principal, un rellano de la gran estructura, al subir por los escalones piramidales. Se coloca sobre la tarima y despide la ceremonia con una repentina danza mexica caracterizada por rítmicos saltos que son acompañados por movimientos ascendentes y descendentes del tórax que vibra en armonía con la música de tambores, flautas y otros instrumentos que tocan los acólitos. Los feligreses realizan un gesto característico para despedir al sacerdote que sigue bailando totalmente absorto, y en lengua semita, ya sea árabe o hebreo, son emitidos los adioses desde sus gargantas.
El templo de Jerusalén dedicado a Huitzilopochtli es de los más grandes del mundo, tan solo superado por los de Manila, El Aaiún, Shanghái y, desde luego, el de la Ciudad de México. La pirámide palestina está hecha de mármol, lo que la hace una estructura increíblemente pesada, pero irremediablemente hermosa ante los ojos de cualquier espectador por sus blancos veteados. Los glifos reproducen los contornos de extintos leones locales así como de colibríes, junto con otros símbolos mexicanos, en las paredes escalonadas del templo.
Ha finalizado la ceremonia en este sagrado lugar del Medio Oriente.
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Bien, hablé de Palestina porque hace poco alguien aquí tuvo una peregrina y disparatada idea. Pues en internet una ocurrente influencer describió un mundo alternativo en donde Huitzilopochtli, nuestro dios universal, por alguna imposible razón es reemplazado por una extinta deidad, precisamente palestina, que hoy solo es materia de estudio entre antropólogos y estudiosos de las religiones. De nombre impronunciable, debido a que la fonética vocal se ha perdido en el confín de los tiempos, y cuyo principal sacerdote fue muerto salvajemente por el sadismo romano, el dios hebraico, conforme a la desbordada imaginación de la influencer, sería objeto de culto mayoritario en muchísimos rincones del planeta, incluido nuestro querido México. Pero la ocurrencia no se quedó en solo eso, pues ella aseveró con destornillada animosidad que el mundo nuestro no es el real sino aquel otro, y además, no mucho después, en el colapso por la locura —ahora ella está recluida en un hospital psiquiátrico— la pobre gritó, sin dejar de espumar y chillar, desnuda y sucia en medio de la Glorieta de Camarones en Azcapotzalco: ¡Todo es mentira! ¡Nada es verdad! ¡Somos una vil mentira!
Que Huitzilopochtli tenga piedad y compasión de ella.

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